Por qué utilizamos el curado por infrarrojos en las pinturas aeronáuticas
Cuando se construye un avión, hay que pensar en los peores escenarios posibles: impactos de pájaros, gravilla levantada desde la pista de aterrizaje, objetos que chocan contra la estructura del avión a alta velocidad. En esos momentos, no queremos que la pintura simplemente “esté allí”; necesitamos que absorba esa energía sin agrietarse. Ahí es donde entra en juego el calentamiento por infrarrojos. Se trata de un método diferente a los hornos de convección tradicionales.
El secreto está en la unión entre las capas de pintura
Lo bueno del calentamiento por infrarrojos es que no solo calienta el aire alrededor de la superficie, sino que también llega directamente a la pintura. Esto hace que la polimerización ocurra más rápidamente y, lo que es más importante, de manera más uniforme. Si se deja que la pintura se seque demasiado lentamente en un taller frío, se generan tensiones internas en la superficie. Imagínelo como un resorte listo para romperse. Cuando algún objeto impacta contra esa superficie estresada, la pintura se descama. Pero con el calentamiento por infrarrojos, la pintura permanece flexible. Esa es la diferencia entre un simple arañazo y un impacto que hace que la pintura se desprenda completamente, dejando al descubierto el aluminio.
Cómo hacerlo funcionar en la práctica
No basta con apuntar una lámpara de calor hacia el avión y esperar lo mejor. Hay que ser cuidadoso. Si se calienta demasiado la superficie, se deformará el panel o se dañará la unión con la capa base. Es necesario encontrar un equilibrio. Generalmente, utilizamos ondas infrarrojas de corta longitud cuando necesitamos que la superficie se seque rápidamente, y ondas infrarrojas de longitud media cuando necesitamos que el calor penetre más profundamente en las capas más gruesas de pintura.
Las desventajas
El calentamiento por infrarrojos no es una solución mágica. Es preciso mantener la distancia adecuada entre los emisores de calor y la superficie a tratar. Si los emisores están demasiado cerca, se crearán puntos calientes. Esos puntos se vuelven frágiles, y ahí comienzan los problemas. Para evitar esto, se necesita un sistema de control de temperatura. Hay que mantener la temperatura de la superficie dentro de un rango muy estrecho, de unos 5 grados. Sin un sistema de sensores preciso, uno está simplemente adivinando. Y en la aviación, adivinar no es una buena opción.